Enrico Dandolo

La historia está llena de héroes. Algunos por accidente, otros por mandato divino, y otros por venganza. Hoy me tropezaba con la historia de uno de estos últimos.

Enrico Dandolo nace en un poderosa familia Veneciana durante el S XII: Su padre, consejero del Dux y uno de sus tíos el más alto rango de la Iglesia en la ciudad. Familia de poder social y político en una época y un país donde eso significaba tener mano izquierda para sostener la bolsa del oro y mano derecha para manejar la daga.

Enrico permanece ausente de la historia durante casi sesenta años (Eso, en el Siglo XII en Europa, es como tres generaciones y media de campesinos). Entretanto, había ejercido varios cargos como diplomático en diversos lugares. Probablemente también sirvió algún tiempo en el ejército. También era muy de la época apoyar las acciones diplomáticas con un asedio preventivo.

El devenir de la Muy Serena República de Venecia durante la época no había sido precisamente sereno: Genova y Pisa, ciudades enemigas de Venecia, le disputaban rutas, puertos y barcos, por las bravas cuando era menester. En el otro lado del asunto, el Imperio Bizantino también andaba tocando los Bósforos: el Emperador Manuel I Komnenos había atacado y arrebatado a los húngaros gran parte de la costa de Dalmacia, con abundante perjuicio para los intereses Venecianos en la zona. No contento con ello, se restringían los privilegios y libertades de los ciudadanos Venecianos en el Imperio, mientras el Emperador apoyaba abiertamente los intereses de Pisa, Genova y Amalfi, ciudades enemigas de Venecia. Este Emperador de nombre gracioso no era precisamente una nenaza: Gustaba de batirse en justas a la manera de los occidentales, se decía que pocos podían sostener su escudo y su lanza, se vanagloriaba de haber matado a 40 turcos con sus propias manos y de haber sido el primero, durante la campaña húngara, en cruzar el puente que separaba a sus fuerzas del enemigo y capturar su estandarte.

En 1171, el barrio genovés de Constantinopla es atacado y arrasado. El Emperador culpa públicamente a los Venecianos de realizar una acción contra sus enemigos en territorio Bizantino. El 12 de Marzo ordena el encarcelamiento de todos los Venecianos del Imperio y la confiscación de sus bienes y navíos. La antigua alianza entre Bizancio y Venecia se da por terminada.

En Venecia el pueblo pide justa venganza y sangrienta cólera. Y el Dux Vitale Michiel II está más que dispuesto a concederla: ordena que se arme inmediatamente (En el S XII eso son de seis meses a un año) una flota de guerra para atacar Constantinopla. En septiembre de 1171, una flota de 120 barcos al mando del mismísimo Dux parten hacia la Capital Bizantina a tener unas palabras con su Emperador, su Flota y la madre que los parió a todos ellos juntos. En dicha expedición participaba nuestro Enrico Dandolo.

Mientras, en tierra, los embajadores de Bizancio estaban negociando una tregua en vista de la que se les venía encima, llamando a los embajadores de Venecia a Constantinopla. Que Bizancio era mucho Imperio, pero los Venecianos tenían fama de tenerlos bien puestos. El plan del Emperador Manuel I era mantener los aceros venecianos todo lo lejos que pudiera de su Cuerno de Oro dándoles largas. La flota Veneciana atracó en la isla de Chios a esperar mientras las negociaciones se alargaban más y más y más, teniendo que permanecer anclada todo el invierno.

Y entonces se desata la catástrofe.

Ya había mencionado que el Siglo XII no se caracterizaba por la longevidad de sus habitantes. Uno de los motivos era la Peste Negra. Y eso fue lo que ocurrió en Chios: Un brote de Peste que se llevó por delante a miles de soldados de la Flota Vengadora, dejándola completamente desarticulada y temerosa de Dios.

¿Coincidencia? Por favor, que hablamos de Bizancio…

Tras conocer el asunto, los diplomáticos de Bizancio hicieron el tradicional saludo del dedo anular a los Venecianos y los echaron a patadas de Constantinopla, dejando a Venecia apaleada, humillada y vejada como pocas veces a lo largo de su historia. Los Embajadores volvieron a casa antes que su Dux, y para cuando este regresó con su infecta y moribunda Armada, la cosa no estaba como para echarse unas risas. De hecho, la cosa estaba tan mal que su desenlace jamás se había visto en la Serenísima República en 200 años.

En mayo del 1172, el Dux Vitale Michiel II de Venecia se encaró a la Asamblea General en el Palacio Ducal. Acusado de haber caído en la trampa de Bizancio, de haber conducido a la Armada Veneciana a la derrota sin haber luchado una misera batalla y de, cuidadito, haber traído la Plaga consigo a Venecia, se enfrentó contra toda la Asamblea. E insisto: hablamos de hombres con temple de acero, mano firme y los huevos como cocos, echándole cosas en cara al tipo más duro de todos ellos, que se montó en un barco para llevar la guerra al Imperio más grande de la época, casi como quien dice el solo con sus gónadas venecianas.

Los gritos debieron llegar hasta la Piazza de San Marcos de Roma, porque a las afueras del Palacio se iba congregando una turba enfurecida como sólo sabían hacerlas en la Edad Media. El Dux, acorralado, intentó huir hasta un cercano convento, pero fue alcanzado y apuñalado hasta la muerte en plena calle por los ciudadanos enfurecidos.

Venecia no había perdido a un Dux asesinado por sus propios conciudadanos en 200 años.

El hecho perturbó de tal manera a los Venecianos que el asesino fue capturado y ejecutado sumaria y cruelmente, su casa destruida hasta la última piedra, y se emitió un edicto de que no se erigiría monumento ni edificio de piedra sobre el hogar del asesino del Dux, edicto que se mantuvo durante los siguientes 776 años (Si, hasta 1948).

Enrico, que había escapado de la Peste, escapó también al destino de Vitale, y el nuevo Dux, Sebastiano Ziani, lo nombra Embajador y lo envía, por qué no, a negociar con Bizancio. Las negociaciones son infructuosas, y el nuevo Dux, más preocupado porque el ruido de los astilleros le molesta en el Palacio que por minucias como que Bizancio se cague en su poderío naval, decide no hacer nada cuando los bizantinos ciegan al Embajador Enrico Dandolo y lo devuelven a Venecia.

Enrico no se tomó a bien el hecho de haber sido cegado. Era ya por ese entonces un hombre mayor que debía rondar los 60 o 70 años. Aún así, siguió sirviendo a su Serenísima República como Embajador en la corte del joven Guillermo II de Sicilia.

Mientras, en Bizancio, Manuel I Komnenos, tras una larga y agradable vida conquistando y batallando aquí y allá, fenece por unas fiebres en septiembre de 1180. Y lo que había sido un Imperio fuerte y expansivo se convirtió en el Bizancio que a todos nos gusta:

La segunda esposa de Manuel I, María de Antioquía, que se había ordenado monja bajo el nombre de Xene (Extranjera), se alza como Regente de Bizancio, y aleja del poder a su joven hijo Alexios II para poner a su sobrino y amante, Alexios El Protosebastos.

Así además se mantenía la Profecía AIMA, por la cual los Emperadores de la linea Komnenos ostentarían nombres cuyas iniciales formasen la palabra AIMA (Sangre en griego del clásico). Algo alborotados por la jugarreta de la Regente, los amigos de Alexios II formaron un partido en contra de la Emperatriz y su amante. A ellos se le unieron la medio-hermana de Alexios II, María la Porfirogénita (La Nacida en la Cámara Púrpura) y su marido, Juan de Montferrat, que había sido aliado de su padre el Emperador Manuel I, y que como quien dice acababa de llegar a Constantinopla, ya que se había casado con María en febrero de 1180 y había sido nombrado César y regente de Tessalonika entretanto. El hombre habría hecho mejor quedándose en Montferrat.

Hay disturbios por las calles. El Emperador de jure es Alexios II Komnenos, de 10 añitos, pero de facto el poder lo ejercen su madre y su primo en incestuoso ayuntamiento. Y lo ejercen con violencia y castigando a los opositores como sólo los herederos del Imperio Romano saben hacerlo. Los partidarios de Alexios II van perdiendo fuerzas. Y cabezas. El 2 de mayo de 1182, son finalmente derrotados por la Emperatriz…

Sólo para encontrarse a las puertas de Constantinopla a Andronikos Komnenos, primo y enemigo del fallecido Manuel I.

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Hagamos una pausa para conocer a Andronikos:

Andronikos participa en una conspiración contra Manuel I en 1153, conspiración que es descubierta, y por la que pasará 12 años en prisión, tras los que consigue escapar y lograr asilo en la corte de Yaroslav de Galicia, en Ruthenia, un cacho de lo que biene a ser centroeuropa de la época. Allí decide ayudar a su primo Manuel I y congraciarse de nuevo con el Imperio haciendo que Yaroslav firme una alianza con Bizancio. Con un ejército de rusos, Andronikos acude al encuentro de su primo en Hungria, y deciden hacer las paces asediando la ciudad de Semlin. Porque nada ayuda a olvidar viejas rencillas como una ciudad húngara en llamas, claro que no.

Tras este acto de unión familiar (Del que los Húngaros todavía se acuerdan), Andronikos regresa a Bizancio de buen rollito. Sin embargo, vuelven las tiranteces: Manuel es demasiado “occidental” para el gusto de Alexios, su mujer es occidental, permite a los “Latino” vivir en Bizancio y esas cosas occidentales que a él no le van. Manuel I se lo quita de enmedio nombrándole gobernador de Silicia, que por la época era el culo del mundo a la derecha. Andronikus, al verse en aquel erial, se larga a por pastos más verdes a la corte del Príncipe Raymond de Antioquía, donde encuentra dichos pastos en la forma de Philippa de Antioquía, hermana de la esposa del Emperador Manuel I. Y a vista de que a la susodicha Philippa le iba el rollito Androniko, al Emperador debió de hinchársele la pelota un poco más de la cuenta y le dijo a su primo que, o se largaba, o acababan solucionandolo a la Bizantina. Recordemos que el Manuel I mataba turcos como calentamiento antes de las justas, y que Andronikos debió verlo en acción en Hungría al menos lo justo para tenerle un respeto. O dos.

Andronikos agarra caballo y se orienta como hacia la Meca pero a lo cristiano, y acaba en Jerusalen, acogido por Amalric I, que no era otro que el, a la sazón, Rey de Jerusalem. Andronikos debía tener algo de encanto, porque en menos de nada Amalric I le coge cariño y le nombra Señor de Beirut. Mientras, le echa el ojo a Theodora Komnene, que se acaba de quedar viuda a sus 21 añicos y es, vaya coincidencia, sobrina de… Manuel I Hastaloscojonesdelprimo. Y donde Andronikos pone el ojo, pone el Komnenos.

Hago un inciso para explicar que, aunque los retratos de Andronikos no le hacen parecer precisamente una belleza, lo que hizo en Jerusalem es el equivalente de aparcar en la puerta del Pacha Ibiza con un BMW M1, la jeta de Brad Pitt y la cartera de Bill Gates.

Pero como la ira del Emperador del Imperio más grande en ese cacho del planeta es bastante terrible, y como Andronikos no ha dejado de ir por ahí cepillándose a sus primas y sobrinas, Andro y Theo hacen las maletas y se largan de Beirut rumbo a Damasco. Que viene a ser el equivalente de ser primo de Obama y refugiarte con un comando de Al Quaeda. Y como no se sentían muy seguros, o le habían cogido el gusto a hacer turismo en el S XII, que para ellos era como ahora pero con arquitectura moderna, se marchan para el Caucaso y luego a Anatolia.

Coge un mapa del mundo y une los puntos. Quita las carreteras. El agua potable. El 60% de la población del Planeta. Añádele unas guerras, la Peste Negra y a tu Primo el Emperador Encabronado y trata de hacerte a la idea. ¿He comentado ya que cuando llegó a Jerusalen Andronikos ya tenía 56 añazos? Pues si…

De allí, Andronikos decide hacer una visita al Rey Jorge III de Georgia, con cuya hermana ya había estado casado. Y de nuevo la magia funciona y el Rey le entrega unas tierras en Kakhetia, y le invita a irse de conquistas con él por esos mundos sin Dios.

Ya un poco cansado de tanta juerga, agarra a Theo y se largan a las ancestrales tierras de los Komnenoi a las orillas del Mar Negro, se monta un castillo y se decide a vivir la vida. Y como para un Komnenos de sesenta años del S XII “vivir la vida” es básicamente dedicarse a dar por saco, no pasa mucho tiempo entre incursión e incursión por los alrededores de su terruño. En una de estas, al volver a su castillo, decubre que su joven esposa y sus dos hijos han desaparecido, y que en su lugar hay un perro muerto y una nota que dice “Ven a buscarlos, capullo“.

¿Firmada por?

Exacto.

En 1180, Andronikos Komnenos, el Brad Pitt de Bizancio, entra en Constantinopla cargado de cadenas, se arrodilla ante el trono de Manuel I y le suplica perdón delante de la corte y de su mujer y sus hijos, también cargados de cadenas.

En su magnanimidad, y con una sonrisa que se le borraría para siempre en unos meses, el Emperador le perdona y le “concede” el retiro a sus tierras. Y que no vuelve nunca más a verle o va a saber lo que es lamentarlo.

Andronikos, vejado y derrotado, se retira a su castillo, habiendo recuperado a su familia.

Entonces, dos años después, le llega una carta firmada por María Porfirogénita sobre la muerte de Manuel I, el ascenso de María de Antioquía al Trono, que si se tira a su sobrino, que hay revueltas en las calles y que la abuela fuma.

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Este es Andronikos Komnenos, el hombre que hace dos años entró en ese mismo palacio de Constantinopla cargado de cadenas. Ahora entra cargado con un ejército, después de haber reventado a ostias a la flota Bizantina y a parte de su ejército profesional. Llega, le da una patada a la vieja monja regente y sienta sus posaderas en el trono, una espada ensangrentada en una mano, y agarrando por una oreja al jovencísimo Alexios II, lo sienta a su lado y pide que le traigan la urna con las cenizas de Manuel I para poder mearse en ellas. Sintiéndose a gusto con eso de las costumbres Bizantinas, organiza la muerte de básicamente todos los que pilla a su alrededor: María de Antioquía, María la Porfirogénita, Alexios II y Juan de Montferrat, que pasaba por allí. Es el año 1183 y Andronikos se proclama Emperador de Bizancio.

Toda esta historia de desavenencias, violencia gratuita y fornicio medieval viene provocada por el gusto de Manuel I por las mujeres: Le gustan “Latinas”, es decir, del viejo, corrupto y desmembrado Imperio Romano de Occidente, como María de Antioquía. Esta occidentalización le había tocado un poco la moral a Andronikos, y ahora, para celebrar su vuelta al trono, toda Constantinopla se lanza a festejarlo a la Bizantina.

Es decir, pasando a cuchillo a todos los Latinos que encuentran a su paso. 80.000 personas murieron en las “celebraciones”. Entre otros, los muchos mercaderes Venecianos que aún quedaban en la ciudad.

Pero cuando por fin se cansan de acuchillar italianos, los Bizantinos se dan cuenta de que una parte importante del negocio de Constantinopla se basa en, ups, los comerciantes italianos. Como si aquí no pasara nada, Andronikos llama a los Embajadores de las Ciudades-Estado de Italia para renegociar con ellos. Entre otras embajadas, se persona allí la embajada de Venecia.

Y el Embajador no es otro que nuestro héroe, Enrico Dandolo.

El ciego Enrico consigue llegar a un acuerdo para volver a fundar un barrio veneciano en Constatinopla, y además vuelve a Venecia con una compensación de 1500 monedas de oro por los daños causados en 1171. Sin embargo, esto no sería suficiente.

Enrico vuelve a desaparecer en los pliegues de la historia…

En poco tiempo, Andronikos se ha convertido en un dolor de gónadas para los Bizantinos. Ataques de diferentes reinos dispersan los ejércitos, la disidencia se castiga con la muerte, las sospechas llevan al asesinato. Los rencores, al complot. Pero el Emperador es un hueso duro de roer como pocos. Harto de jugar, Andronikos decide pasar a cuchillo a toda la corrupta plétora de aristócratas del Imperio, y a punto estuvo de conseguirlo.

Durante su arresto, Isaac Angelos, uno de la plétora corrupta, mata a sus captores y se refugia en la iglesia de Hagia Sofía. Desde allí exhorta al pueblo Bizantino, que como ya habíamos visto siempre está dispuesto a una fiesta cuando se trata de pasar a alguien a cuchillo. Cuando Andrónikos, que estaba a su vez pasando a cuchillo a algún noble de las afueras, regresa a Constantinopla, ya no es Emperador ni cosa que se le parezca.

Apresado, es atado a un poste a merced del populacho. Es azotado, le cortan la mano derecha, le arrancan los dientes y el pelo, le arrojan agua hirviendo al rostro como castigo “por su apostura y su vida licenciosa” y le arrancan un ojo. Luego es llevado al Hipodromo de Constatinopla, donde es atado por los pies a dos postes, y dos espaderos compitieron por ver quién podía hundir su espada más profundamente en el cuerpo. Luego, fue partido en dos.

El reinado de Isaac II Angelos fue un desastre. El Imperio fue perdiendo pedazo tras pedazo mientras el dinero se iba en monumentos, iglesias y fulanas. Sus escasas victorias iniciales le llevaron a posteriores derrotas. No contento con esto, mantuvo la animadversión del pueblo contra los Latinos, promulgando periódicamente expulsiones, confiscando bienes y haciendoles toda clase de perrerias.

No teniendo el par de pelotas que vienen de serie con el apellido Kumnenos, en 1187 tuvo que hacer grandes concesiones comerciales a Venecia para que le prestaran por seis meses una flota.

¿Quién negoció el acuerdo?

Yeppes.

Pero eso no era suficiente.

Isaac II se liaba haciendo tratos con unos y otros: enfureció a la Tercera Cruzada, a la que había garantizado paso por sus tierras, cuando comenzó a negociar en secreto con Saladino. El ejército de Frederick I Barbarroja, que pasaba por Constantinopla por ese entonces, se cansó de las zancadillas del Emeprador de pacotilla, se alió con los Búlgaros sublevados que se acababan de separar de Bizancio, y cruzaron el Imperio armados hasta los dientes y con cara de “Dime algo y te parto hasta el alma”. Isaac II no dijo ni mu.

Isaac II intentó retomar Bulgaria con escaso éxito, librándose por un pelo de dejar el pellejo en tierras Búlgaras. Entre las continuas derrotas y que sus hijos y hermanos estaban empezando a cansarse de aguantarle, en 1195 Alexios Angelos, hermano mayor del Emperador, aprovechando que estaba por ahí de caza, se proclamó Emperador de Bizancio, se coronó Alexios III Angelos, agarró a su hermano, lo cegó y lo arrojó a una prisión.

Y en este momento volvemos a Venecia.

Las cosas han estado tranquilas. Desde 1172, Orio Mastropiero ha sido el Dux de una Venecia que ha visto fortalecerse su posición en el Mediterráneo. El S XII se acerca a su fin y las cosas van bien. En 1192, Mastropiero abdica y se retira a un monasterio a componer música. Un nuevo Dux se elije entre los poderosos de Venecia.

Enrico Dandolo.

Anciano. Ciego. Y aún así, es elegido entre los suyos como el nuevo señor de los destinos de Venecia. Según las crónicas tiene entre 75 y 85 años de edad, y una mente y un físico poderosos. Inicia una reforma económica que consigue convertir la moneda veneciana en el estandar de comercio del Mediterráneo. Asegura sus posiciones a lo largo y ancho del mundo conocido.

Y aguarda su oportunidad.

Y la oportunidad llega en 1202. Recién estrenado el S XIII, Enrico se encuentra con que en su ciudad hay, atrapados por la falta de financiación, 4000 Caballeros y 8000 Soldados de a pie: La Cuarta Cruzada. Los Venecianos, que habían acordado proporcionar transporte a las tropas, disponían de 50 Galeras de guerra y 450 transportes varios para llevarlos hasta El Cairo, amén de tripulación entrenada, preparados durante el año anterior a instancias del Papa. Tres veces más de las necesarias.

La Cuarta Cruzada había sido un fracaso de Marketing, y apenas habían aparecido suficientes Caballeros como para que la juerga mereciera la pena. Pero ya hemos conocido a los Venecianos, son gente de negocios, y los Cruzados tenían que pagar, si o si. Y por mucho Cruzados que fuesen, Enrico les debió hacer notar dos detalles:

1º- Que estaban en Venecia, donde los caballos no cargan demasiado bien y los del lugar usan puñales de hoja larga y fina.

2º- Que las armaduras flotan mal tirando a nada de nada.

La Cruzada le debía a Venecia una elevada suma de dinero, a saber: 85000 marcos de plata. Además del daño causado a la economía al dedicar grandes esfuerzos a la construcción de la misma, más el entrenamiento de los marinos. Exprimiéndolos a todo exprimir, los Cruzados sumaban 51000 marcos de plata, once gallinas ponedoras y una gorrina vizca.

No era suficiente.

Y entonces, Enrico encontró la manera de conseguir que los Cruzados pagasen su deuda. En un encendido discurso en la Iglesia de San Marcos, lanzó una arenga a todos los Venecianos, instándoles no solo a apoyar, si no a unirse a la sacrosanta Cruzada. Y el mismo, anciano y ciego, tomó la Cruz y se armó Cruzado.

O más bien, la Cruzada se unió a Enrico.

Lo primero, probar su nuevo ejército. La elegida fue la revoltosa ciudad de Zara, en una isla de la costa Dálmata que anteriormente había pertenecido a Venecia, luego a Hungría, luego a Bizancio, después de nuevo a Hungría y ahora más o menos iba a su bola pasando de todos, pero protegida por Hungría. Muchos Cruzados indicaron, con cierto resquemor, que los Húngaros eran Católicos, ergo de los buenos. Incluso el mismísimo Papa lo hizo notar en una carta donde las palabras “Atacar a los hermanos católicos de Hungría” y “Excomunión sumarísima” estaban muy muy cerca.

Debe ser que el correo de la época funcionaba más o menos como el de ahora, porque si alguien recibió algo, nadie dijo nada.

Zara duró dos días.

Mientras tanto, Bonifacio de Montferrat entraba en negociaciones con Alexios IV Angelos, hijo de Isaac II, recientemente depuesto y encerrado. La oferta era suculenta, había mucho oro en juego: 200000 marcos de plata, 10000 hombres, poner la Iglesia Ortodoxa bajo el dominio Papal, transporte hasta El Cairo, etc, etc. A cambio los Cruzados le ponían a él en el trono, que era el esperado y verdadero Emperador de Bizancio.
A los Venecianos les traía al pairo lo que hicieran los Cruzados más allá de Bizancio, ni quien se quedase con sus ruinas humeantes, así que no sólo aceptaron si no que mejoraron su oferta inicial.

A la vuelta de Bonifacio, los Cruzados arreglaron el acuerdo y armaron la flota junto con los Venecianos que se habían unido a la Cruzada. O, de nuevo, los Cruzados se unieron a los Venecianos, que iban a darle a Bizancio lo que le debían desde hacía 30 años.

4000 Caballeros Cruzados, 8000 Soldados de a pie, 60 Galeras de Guerra, 100 transportes de caballos, 50 barcos de carga, 300 máquinas de asedio, y 10000 Soldados Marinos Venecianos con unas ganas locas de practicar el medievo con el culo del Emperador de Bizancio.

Y al frente de todos, Enrico Dandolo.

Tenía, según las cuentas, unos 89 años.

A los Bizantinos, que en realidad les daba igual quien usurpara el trono, y mucho menos si la cosa quedaba en familia, no se alzaron contra Alexios III, como Alexios IV les había dicho a los Cruzados que harían. Un poco moscas, los Venecianos decidieron que ya que estaban allí, reducirían un par de ciudades a cenizas antes de pasarse por Constantinopla. Para ir entrando en calor, dejaron que 80 Caballeros Francos acabasen con 500 caballeros Bizantinos. Y luego les invitaron a una birra por cada Bizantino pisoteado.

Pero para entrar en Constantinopla había que atravesar el Estrecho del Bósforo con todas sus naves y transportes, y allí había colocado algún Emperador inteligente una enorme cadena entre dos torres que impedía el paso de los navíos al ser tensada, dejándolos a merced de las armas de asedio de las torres y del temido Fuego Griego. Y hacia la torre de Galata, uno de los extremos de la cadena, se dirigieron los Venecianos y sus aliados Cruzados. Y allí, formado en la orilla, les esperaba el ejército bizantino.

Los Cruzados cargaron directamente desde los transportes de los caballos, en cuanto las rampas hubieron descendido, armados y completamente revestidos con sus armaduras, bajo un radiante sol del verano.

Fue como haber visto desembarcar en Normandía Mechs de 12 metros.

Y los Bizantinos hicieron lo que habrían hecho los Nazis: Salir por pies y acantonarse en la torre. Tras una resistencia inicial, y cuando ya los Caballeros se cansaron de lucir el palmito, cargaron como Dios manda y acabaron con la resistencia, tomando la torre, liberando la cadena y dejando paso libre a la flota Veneciana, henchida de alegría, sed de sangre y ansias de destrucción.

Tomando posiciones, comenzó el 17 de Julio el asedio por mar y por tierra. La ciudad de Constantinopla tenía una población de 400.000 habitantes, una guarnición de 15000 soldados (5000 de ellos Guardias Varangianos) y una flota de 20 galeras de guerra.

Mientras los Cruzados se enfrentaban a las temibles tropas Varangianas, descendientes de los Vikingos y juramentados defensores del Emperador, los Venecianos jugaban a tiro al Bizantino, tomando una sección de la muralla que comprendía 25 torres. Sin embargo, cuando los Varangianos con su Fuego Griego se volvieron contra los Venecianos, tuvieron que retirarse. Pero el fuego se llevó también 120 acres de la ciudad, dejando a 20000 Constantinopolitanitos sin hogar.

Alexios III por fin encontró el testículo que le quedaba y mandó a la Puerta de San Romanus 17 divisiones de su Ejército, 8500 hombres armados hasta los dientes con el mejor acero de Damasco, contra siete divisiones Cruzadas, unos 3500, revestidos del mejor acero aleman que pudieron pagarse.

Y las tropas de Alexios III se acojonaron, y regresaron tras los muros de la ciudad sin haber entrado en combate.

Las risas continuas que se estuvieron escuchando durante toda esa noche no ayudaron para nada a la moral de la población, que de repente empezaba a percatarse de que su Emperador era un poquito gilipollas.

Ya hemos visto que la dinastía de los Angelos no tenía el temple de los Komnenos: Alexios III debió olerse la que se avecinaba y puso tierra de por medio, después de apropiarse de unas 1000 libras de oro, joyas, sedas, pintura de uñas y todo eso sin lo que un Emperador Bizantino de su dinastía no sabría cómo vivir.

Alexios IV subió al trono de una ciudad que estaba en guerra. Los Cruzados y los Venecianos seguían luchando alegremente, y lo seguirían haciendo hasta que se pagase lo acordado. Y por desgracia, no había en todo el Tesoro Real de Bizancio suficiente como para invitarles a todos a un McMenu de 1€. Desesperado, Alexios IV ordenó fundir estatuas y joyas y todo lo que hubiese en la ciudad mientras aun hubiese ciudad. De fondo, los Cruzados estaban jugando a “Demoler la Mezquita”.

Por segunda vez en menos de dos semanas, los Constantinopolitanos se daban cuenta de que su Emperador era Gilipollas. Debía ser cosa de familia, así que un tal Alexios Doukas, cortesano del nuevo Emperador, puso fin a su sufrimiento ahogándole con sus propias manos y coronándose Alexios V.

Que poquita imaginación con los nombres, los Bizantinos…

Los Cruzados, entre ataque y ataque, le pasaron la factura de 200.000 marcos de plata a Alexios V, y este se las devolvió clavada en la espalda del mensajero, con una nota que copió de un glorioso antepasado suyo: “Ven a buscarlos, Capullo”

Los Cruzados lloraban de alegría: Por fin un adversario dispuesto a plantarles cara y luchar como un hombre. Casi se matan por ver quién iba el primero en el siguiente ataque.

La risa les duró poco: Alexios V no solo tenía las gónadas de un tamaño apropiadamente grande para autoproclamarse Emperador, si no que era sustancialmente menos gilipollas que el anterior. La resistencia fue feroz.

Aprovechando las malas condiciones climatológicas que impedían a los barcos Venecianos acercarse a las murallas, las fuerzas de Alexios V comenzaron a poner en marcha la prodigiosa artillería de Constantinopla, destruyendo sistemáticamente las pocas máquinas de asedio que los Cruzados habían desembarcado y montado. Tras muchas horas de lluvia y proyectiles pesados, de barro y de flechas, los Cruzados se vieron obligados a retirarse por primera vez desde la Torre de Galata.

El 12 de Abril de 1204 comenzó el asalto a Constantinopla.

Los sacerdotes recorrían las filas Cruzadas, exhortándoles a mantenerse firmes, a luchar contra la adversidad, a creer en el mandato Divino de su Cruzada y a que los reveses del destino eran sólo pruebas de Dios para fortalecer la Fe de sus siervos. Todos olvidaron mencionar las cartas que habían recibido desde Roma instándoles a no atacar Constantinopla bajo pena de Excomunión e Infierno.

En el mar, los Venecianos se mecían en sus barcos, contemplando las murallas rojas de la ciudad desde las cubiertas, mientras los proyectiles de las catapultas volaban sobre ellos.

Y al frente de todos, anciano, ciego, inflexible, sintiendo la venganza al alcance de su mano, Enrico Dandolo.

El viento cambió, volviendo a soplar del noroeste. Las velas chasquearon en lo alto. el sol brilló en los filos de los aceros. Los Cruzados cargaron por tierra contra las puertas de la ciudad. Los Venecianos cargaron por mar directamente contra los muros. Los Bizantinos, por fin librados del yugo de gilipollas que les gobernaban, presentaron encarnizada resistencia.

En las murallas los Venecianos se las vieron con los Varangianos en una encarnizada lucha que tiñó de sangre las murallas y el mar.

En tierra, los Cruzados consiguieron adentrarse en una cuña dentro de la ciudad, y un contingente de 70 Caballeros Cruzados consiguieron hacerse fuertes en el noroeste de la misma, permitiendo que sus compatriotas fueran adentrándose en la ciudad mediante túneles excavados en los muros. Desde allí lanzaron su ataque contra el resto de la capital del Imperio de Bizancio, que volvía a arder en ese momento por segunda vez.

Al anochecer las murallas habían sido tomadas. Los Venecianos ondeaban su bandera sobre media ciudad y las catapultas habían callado. Sólo quedaban los gritos de la lucha callejera, el rugir de los fuegos, el estruendo de los templos derribados.

El día 13 de abril, la ciudad fue tomada por completo.

Durante tres días, fue saqueada.

The Latin soldiery subjected the greatest city in Europe to an indescribable sack. For three days they murdered, raped, looted and destroyed on a scale which even the ancient Vandals and Goths would have found unbelievable. Constantinople had become a veritable museum of ancient and Byzantine art, an emporium of such incredible wealth that the Latins were astounded at the riches they found. Though the Venetians had an appreciation for the art which they discovered (they were themselves semi-Byzantines) and saved much of it, the French and others destroyed indiscriminately, halting to refresh themselves with wine, violation of nuns, and murder of Orthodox clerics. The Crusaders vented their hatred for the Greeks most spectacularly in the desecration of the greatest Church in Christendom. They smashed the silver iconostasis, the icons and the holy books of Hagia Sophia, and seated upon the patriarchal throne a whore who sang coarse songs as they drank wine from the Church’s holy vessels. The estrangement of East and West, which had proceeded over the centuries, culminated in the horrible massacre that accompanied the conquest of Constantinople. The Greeks were convinced that even the Turks, had they taken the city, would not have been as cruel as the Latin Christians.

Speros Vryonis

Nada fue sagrado. Nada fue respetado.
Del botín de la guerra, Venecia recibió 150.000 marcos de plata como pago de la deuda, y otros 50.000 más como botín de guerra.

Y entonces, Enrico Dandolo, Dux de la Serenísima República de Venecia, ciego y anciano, cubierto de sangre bizantina, dijo:

– Es suficiente.

2 comentarios

Archivado bajo Ideario, Referencias

2 Respuestas a “Enrico Dandolo

  1. Hiranes

    Que grande, épica y cruelmente divertida es la historia. Dandolo es mi nuevo héroe sin duda. ^^ Maldita sea si se menciona hasta el Maestro Mastropiero xD

  2. Pingback: Creando la Campaña: La Venganza de Venecia I | Mundos Posibles

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