Capa Roja

Su nacimiento estuvo marcado, como la mayoría dentro de su familia, por el júbilo y la celebración, pero también por las miradas de preocupación y los asentimientos silenciosos. Las mujeres celebraron y rieron. Los hombres fumaron y bebieron. La niña sobrevivió al parto, fuerte, saludable. Su cabello rubio la marcaría para siempre como miembro de su familia. Un día vestiría la capa roja.

Pasaron tres inviernos. La Familia no era grande. No era evitada, no era temida, pero tampoco pertenecía a la aldea. Sus tierras se alzaban fuera de la empalizada, un terreno bueno para la siembra, suficiente para la Familia. Nunca les faltaron jornaleros. Su vida no era más dura que la de ningún otro, pero tampoco era mejor. La niña creció rodeada de sus hermanos y primos, persiguiendo a los animales de la granja y jugando como cualquier otra niña. En su cuarto invierno, llamaron a su padre en plena noche. Le pidieron que empuñase las armas. Nunca regresó. En la primavera, uno de sus tíos trajo sus restos de vuelta. Fue la primera vez que la niña vio la capa roja.

 

El quinto invierno, la Plaga llegó a la aldea. Se acusó a los extranjeros, a los que vestían diferente, a los que rezaban a otro Dios. Hubo muertes. La gente huyó. La Familia permaneció en su granja, protegieron a los suyos. Nada les ocurrió. Varios miembros de la Familia murieron. Algunos miembros de la familia huyeron. Otros salieron en su búsqueda. Hubo una pelea y uno de los primos murió. Su hermana regresó a la granja. Fue la segunda vez que vio la capa.

 El octavo invierno, su hermana y su tía murieron. La aldea había sido abandonada. La Plaga había arrasado la región. Sólo las tierras de la Familia seguían siendo atendidas. Su madre y su primo cavaron las tumbas. La tierra estaba dura y tardaron en enterrarlas. La niña había aprendido a contar. Había más miembros de la Familia bajo tierra que sobre ella. En otoño llegaron unos hombres. La niña los reconoció, rostros de la aldea desaparecida. Pidieron a su primo que empuñara las armas. Su madre se opuso. Su tía empuñó las armas en su lugar. Fue la tercera vez que vio la capa.

Diez noches después, los hombres volvieron a la granja. Trajeron las armas. La niña vio como se las entregaban a su primo. Trajeron la capa, empapada en sangre. La niña se escondió. Su primo partió en la noche. La niña sólo vio el rastro de sangre sobre el suelo.

No vio regresar a su primo. No volvió a ver la capa roja en cinco inviernos.

 El onceavo invierno de su vida, aparecieron los refugiados. Cruzaban las tierras abandonadas de la aldea. Escapaban de la guerra. Exhortaron a la niña y a su madre a abandonar la granja. Intentaron robarles. El primo empuñó las armas. La gente dejó de molestarles.

En primavera, el humo era visible sobre los árboles. Se escuchaban trompetas y ordenes. Un soldado herido llegó a caballo. Murió a las puertas de la granja. El primo discutió con su madre. Él quería huir. Ella se negaba a abandonar la granja. Dos noches después se llevó a la niña. Tres días después llegaron a la Ciudad.

 El duodécimo invierno su primo murió defendiendo las murallas de la Ciudad. Una mujer que habían huido de la aldea la recogió. La guerra terminó. Hubo impuestos y pobreza. Luego todo volvió a la normalidad. La mujer no la quiso como a uno de sus hijos, pero tampoco la trató peor que a ellos. Su vida no fue más dura que la de ninguno de los que vivieron esos tiempos oscuros.

 El siguiente invierno fue muy duro. Hubo escasez de pan. La nieve cerró los camino y los bosques se volvieron peligrosos. Durante cuarenta días no llegó ningún carro de grano a la Ciudad. Los gatos desaparecieron de las calles. Una mañana llegó un hombre a las puertas de la Ciudad. Le llevaron a la torre. Al día siguiente hubo reuniones en las plazas. Se leyeron edictos. Hubo discusiones y llantos. Algunos intentaron pelear. Hubo luchas en las calles.

Una noche los hombres llamaron a la puerta. Le pidieron que empuñase las armas. La mujer sacó un arcón del sótano: Las posesiones de su primo. Cogió el cuchillo de hoja recta, la empuñadura de hueso envuelta en cuero. Cogió el arco, casi de su altura. La madera negra, la piel gris atada con cintas de hilo rojo, las marcas en el interior del arco. Setenta y tres muescas. Las flechas afiladas de cabeza ancha, las tres plumas negras de cuervo.

Le dieron un zurrón: pan negro, miel, queso, vino. La vistieron con un abrigo cortado y botas atadas. Le ajustaron un cinturón de cuero para el carcaj y el puñal.

 La niña sacó la capa del arcón. La tela remendada una y mil veces. Tiras de cuero recorrían el interior. La sangre incrustada endurecía la tela de la capucha. Era demasiado grande, demasiado larga. La niña se la ató al cuello, un nudo que su madre le había enseñado hacía muchos inviernos. Pensó que aún estaría en la granja, sola.

 Cruzó la ciudad, arrastrando la capa tras de si, el arco asomando sobre su hombro, el cuchillo golpeándole la cadera a cada paso. Las puertas de la ciudad estaban abiertas. Más allá, la nieve y el bosque.

 Fue la primera vez que los habitantes de la Ciudad vieron la Capa Roja.

 No fue la última.

1 comentario

Archivado bajo Ideario

Una respuesta a “Capa Roja

  1. Cripzy

    AY como nos inspiramos!!!
    Me encanta!😀

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