ToC: Los Años Ruines – 01×01 – El Invierno de nuestro descontento (II)

Anteriormente, en Los Años Ruines

El invierno había pasado sin dejar ni un fisco de agua. Las gavias estaban secas y los aljibes blanqueados el año anterior dejaban asomar los teniques del fondo. Desde La Oliva llegaban los propios del Coronel, con recado de comprar pajacebada, y pagaban sus buenas perras a quien quisiera venderla. Pero la mayoría, de Tindaya p’abajo, le hacían fos al dinero: Bien preferían guardar p’a mañana, que’l dinero no se come, y p’a pagar sepelios siempre habría algo, aunque fuera p’a la caja comunal y una crucita de madera de tarajales.

A las afueras de Tenicosquey, Sancho Berriél corre en dirección a Tuineje. Tiene las manos manchadas de sangre y no le había dado tiempo ni de coger el cachorro ni la lanza, y va trompicando por el malpei, arrastrándose barranco arriba.

Algo terrible ha ocurrido en la noche.

Pablo Valcárcel como El Capitán Ayala, militar toledano, veterano de la Guerra de África. Viste siempre que puede su elegante aunque gastado uniforme, y es un hombre de planta elegante y cierto atractivo, aunque sus ojos son fríos y duros.

Dante como El Doctor Estévez, médico de la isla, hijo del Doctor Estévez de Canaria (Gran Canaria), al que su padre enseñó el oficio de médico y legó la casa y el instrumental. Aunque nació y creció en Fuerteventura, para los Majoreros sigue siendo “Estévez el de Canaria“.

Miriam Alonso como Bernarda “La Coruja”, pastora y mascona, nacida con mal de ojo. Viste ropas de hombre y viaja de lugar en lugar con su rebaño de cabras, lanza al hombro. Muchos la temen y la respetan por su conocimiento de hechizos, maleficios y “rezáos”.

Efrén Valido como Atanasio Vera Espinel, de los Vera de La Matilla. Cabrero, medianero, hombre de campo y Majorero de toda la vida. Atanasio es un hombre envejecido por el sol y el trabajo del campo, pero nervudo y resistente, de ropas remendadas, que siempre viaja con Cartucho, su bardino sato, y su vara, haciendo trabajos aquí y allá, conocedor de los senderos de la isla. Conoce a todos, y todos le conocen a él.

El Horror continúa…

 

Tuineje, Diciembre de 1923

El viento gélido azota a los escaladores. Sobre el cuchillo*, nada detiene el embate del alisio. La raya del alba se adivina por el mar, allá a lo lejos. Los cuatro se acercan despacio a la gambuesa, en silencio, trastabillando sobre las piedras sueltas. Antes de entrar deciden separarse, rodeando el muro rematado de espinos. Atanasio salta al interior del corral, mientras el Capitán Ayala y Estévez buscan la entrada junto al refugio.

Al cruzar, descubren a Juan Marrero, tendido en el suelo, los brazos en cruz. Un gran cuervo le picotea el rostro mientras se agita, clavado por las manos al suelo. El pájaro desaparece rumbo al interior cuando es interrumpido, lanzando un graznido lastimero, pero el daño ya está hecho: Juan Marrero ha perdido los ojos, la lengua y parte del rostro. Marrero se agita, agonizando. El Doctor corre a auxiliarle, deteniendo las hemorragias y arrancándole de las manos las largas esquirlas de piedra gris afilada que se hunden en el basalto. Los demás intentan ayudar al hombre. Cuando el doctor consigue detener la sangre, comienzan a buscar algún rastro por la gambuesa.

El suelo está cubierto de pelo de cabra y huele fuertemente a animal. Restos de ramas, excrementos y el continuo ulular del viento. Un trozo de tela negro, un vuelto bordado de una falda desgarrada, colgando de las espinas de una aulaga, es lo único que logran encontrar. Unas huellas de pies descalzos sobre las lajas de basalto, huellas de grasa, pies pequeños que desaparecen al poco: Señales de brujería de la peor clase.

Los cuatro se reúnen junto a la entrada del redil. Saben que una mujer ha estado en la gambuesa, que practica brujería, y que por algún motivo ha atacado a Juan Marrero. Con la mente llena de terribles sospechas, comienzan a descender la montaña, unos adelantándose con las lanzas mientras los demás bajan con cuidado al herido. A medida que el sol sale, iluminando la tierra roja y la larga mancha negra del malpaís, ven una comitiva avanzando hacia casa de los Marrero: Un grupo de unas 10 o 15 personas se dirigen hacia Tenicosquey por el camino de Tiscamanita. El viento les trae fragmentos de canciones y música.

Atanasio y Bernarda, que han bajado del cuchillo con las lanzas, llegan antes que el resto. En el patio de la casa de Marrero se encuentran con que los recién llegados son una comitiva de familiares y amigos de la pareja, que venían a celebrar el nacimiento. En el patio la sensación de abatimiento es palpable: Nadie toca los instrumentos, el ron sigue en las botellas. Todos se miran con preocupación. Las mujeres, en la casa, entran y salen, consolando a Chona y Pinito, acompañando a la madre, que no deja de preguntar por su hija.

Los hombres comienzan a preguntar qué ha ocurrido al ver llegar a Bernarda y Atanasio. Las medias explicaciones y los silencios no ayudan mucho, y la situación empeora cuando Estévez y el Capitán Ayala llegan cargando a Juan Marrero en una improvisada parihuela. El desconcierto se apodera de la concurrencia. Todos quieren saber que ha pasado. Las mujeres lloran y gritan. Los hombres, algunos ya habían empezado a beber antes de llegar a la casa, porfían y quieren saber quién ha sido el responsable. En un momento de la algarabía, el Capitán Ayala hace valer su presencia y ordena a todo el mundo marcharse. Joaquín Díez, primo de Juan Marrero, se enfrenta con el godo, pero el Capitán empuña su pistola y obliga a todo el mundo a dejar el lugar.

La tarde cae lentamente, el cansancio y el polvo se pegan al cuerpo. Los cuatro están cansados, la madre permanece en el interior de la casa junto al recién nacido. Y en el pesebre, la criatura llora quedamente, escondida aún entre las vigas.

El Doctor Estévez se encarga de las heridas de Juan Marrero, y tras asegurarse de que sobrevivirá a la noche, se reune con el resto. Bernarda registra la habitación de Carmita, encontrando una palangana con orines y un ramillete de hierbas bajo el lecho: Un remedio natural para el mal de ojo durante el parto. Y debajo de la palangana, una losa de piedra gris blanquecina, rugosa y plana, encastada en el suelo de tierra apisonada. Una piedra idéntica a los dientes de la “hermana”. La parturienta, mucho más tranquila ahora, comienza a responder a las preguntas de Ayala y Atanasio. La mujer, entre lágrimas, confiesa que recurrió a la brujería para darle un hijo a su marido (Su hija mayor es de un matrimonio anterior). Llamó a las brujas una noche de luna nueva y estas le entregaron la piedra plana y le prometieron un hijo varón, pero a cambio les entregaría a su siguiente hija. Pero cuando nació “la niña”, todos se asustaron. Juan Marrero perdió la cabeza y se marchó corriendo en mitad de la noche, barranco abajo, mientras las mujeres se quedaban atrás sin saber qué hacer.

Tras la larga noche y la tensión del día, todos se reúnen de nuevo en el patio de la casa. Parece claro que se trata de un caso terrible de brujería. La única pista es el trozo de tela bordado y una niña monstruosa que languidece en el pesebre. Las sospechas de todos recaen en la vieja Frasquita, la viuda tabernera de Tuineje. Tras descansar unas horas y comer algo, se dirigen de nuevo a través del malpaís.

Caída la tarde, llegan al pueblo, donde se ha extendido ya el rumor de que algo ha pasado en casa de los Marrero. La gente les pregunta por la mujer y su hijo, pero ninguno se extiende en sus explicaciones. Sin perder tiempo entran en la tabernilla, donde al anciana Frasquita está barriendo el suelo y limpiando cacharros. La anciana mujer no sabe nada de lo que le preguntan, desorientada y preocupada: Francisquita, su “hija”, lleva sin aparecer por casa desde anoche. Tras fijarse que la falda de Frasquita está intacta, todo cobra sentido: Francisquita no puede ser la hija natural de Frasquita, es demasiado joven. Tiene que ser la bruja que están buscando.

El grupo se separa para encontrar a la muchacha. Bernarda corre a la casa de las mujeres y descubre un escondrijo lleno de ingredientes para pociones y maleficios. Entre ellos, un bote de grasa de niño igual que la que encontraron en las huellas de la Gambuesa.

Atanasio y el Capitán esperan en la oscuridad del barranco a que la muchacha pase de camino a su casa, mientras el Doctor se queda en la taberna por si apareciera por allí. Bien entrada la noche, la joven llega caminando por el barranco, donde el Capitán Ayala le sale al paso en la oscuridad. Atanasio, en lo alto del camino, permanece ajeno al encuentro. Francisquita y el Capitán hablan. En la oscuridad, el Capitán apuñala a la mujer hasta la muerte. Al día siguiente encontrarán su cadáver tirado entre los tarajales. Tiene un desgarrón en el bordado de su falda.

Bernarda se hace cargo de la niña. Mientras el Doctor le da la espalda, usa una cuerda para terminar con su breve vida.

Las nubes recorren el cielo, sin detenerse, sin dejar caer una sola gota de agua.
Lo peor está por llegar.

FIN

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